Alfonso Xen Rabanal

Generacion.Net


todo en la vida es un borrador, cabos sueltos, todo cabos sueltos… siempre existe una canción, son retazos, una imagen, un reflejo en una mirada, un sonido que nos transporta a otra época, que a veces define nuestros sentimientos y se convierte en parte de nosotros, como un algo que soslaya nuestro vacío, y pensamos que calma nuestro desasosiego, como apósito que se nutre de nuestra desesperación, la saca de nosotros y, al compartirla, nos libera de ella… pero, a veces, no la escuchamos, no vemos ese reflejo, nada nos saca de nuestro sufrimiento, nada es sincrónico, el muro de sombras proyectadas nos arroja al abismo, esa espiral donde desaparezco…

… fue uno de los primeros dibujos que recuerdo, periódicamente regresa a mí esa imagen arquetípica de soledad, todavía me persigue, pues ahora sé que al dibujar aquello empecé a huir de mí, y al desconocer por dónde, lo hice hacia mí, encerrándome, empequeñeciendo mi mundo, comprimiéndolo hasta que hoy, intuyo, sólo soy un kit al que le faltan piezas, perdidas en ese camino de introspección, de comprensión, que descubrí al iniciar la huida, pues fuera nadie me enseñó cómo afrontar esos momentos, de hecho, pensaba que los desconocían, y en mi desesperación cerraba los ojos y aquello me calmaba, unos instantes en los que me soñaba abriendo nuevas derrotas, pues si en nadie encontraba consuelo era porque era un territorio sin hollar, pero en la oscuridad el suelo seguía temblando, o era el bombeo de mi corazón, aún no lo sé, me ha vuelto a suceder al cruzar un puente esta tarde, todo se movía y al intentar aferrarme a la barandilla me he visto, otra vez, reflejado en una mirada que huye, que todo se lleva consigo, y he vuelto a cerrar los ojos al sentir que me había dado alcance, que cada vez que me paro todo lo que he dejado atrás me empuja y arrastra hacia el agua, ese momento en el que sólo ves un reflejo en la demolición, un algo que se engarza a esa realidad que desaparece durante unos instantes, reflejo que es sincrónico, cuando todo se derrumba y que, al abrir los ojos, te lleva a otra época que sigue siendo la misma aunque todo en ti continúe siendo nuevo, pues sigues sin encontrar nada a lo que asirte dentro, y todo oscila como ese lápiz staedtler al dibujar algo tan impronunciable como su nombre, pero que, sobre el papel, era como una güija que no encontraba letra y todo lo emborronaba, como el gráfico de un sismo, un ruido monitorizado, una psicofonía en un idioma desconocido, el nombre de un dios lejano, la deriva en un laberinto por el que empezaba a adentrarme, el rastro de mi huida, la que me lleva a una casa en la que ya todo son sombras, frente a un espejo, un reflejo de mí que intento aprehender sin conseguirlo, preguntándome por qué algo inmaterial hace tanto daño, por qué siempre me regresa al mismo punto, allí donde empecé a dejar las huellas, las de la huida, las que intento limpiar echando un poco de vaho en el cristal, y a través de él ver cientos de caminos truncados, los cabos sueltos de mi paso que yerra, los que surgen a la par que mi imagen se difumina entre la niebla, mis ojos que se pierden entre ella, que me llevan hacia esa mirada que un día intenté dibujar, perdida en la mar, sin ver camino de luz hacia un sol lejano, ese que parecía una calavera con aura de rayos que, al crecer sobre el papel su luz de grafito, todo lo emborronó, y al romper el dibujo en mí quedó esa niebla frenética que me difuminó, acabó tachándome, como me tacho en el espejo, ese que tantas veces rompí por no saber cómo escribirlo, cómo dibujar aquello que está en movimiento al derrumbarse, pues sólo soy una grieta que se agranda y gana la nada entre la niebla al disociarme, no hay nada que indique la salida en este laberinto de reflejos por el que huyo dando vueltas, presumo, esperando en mí otra noche desconocida, aunque sea siempre la misma noche en la que no me conozco, perdido en los reflejos, sin creer ya en la emoción del camino, sin haber creído nunca en los neones que distraen la mente de la búsqueda de la salida, quizá allí por donde entré en algún momento, sigo buscando, antes del fin abrupto del camino, ese precipicio por donde se arroja Occidente, en donde caemos girando como peonzas sobre nuestro eje solipsista, pues soy parte de la generación al final, la última si no hace algo, busco la salida tirando del hilo roto, fragmentos de una huida, reflejos que son agujeros de gusano, trozos del capullo de seda en donde olvidé los colores, construirme unas alas, cabos sueltos que son indicios, que me llevan a esa época en donde nada fui, y sin embargo me pesa, pues odio el silencio del encierro, allí donde no me dejé crecer, la deriva entre los fluidos, los espacios que abandoné de mí mismo, los que recupero ahora, poco a poco, intentando desactivar en mí algo, puede que el odio, no lo sé, el que me llevó a romper ese dibujo, por no saber hablarle a la soledad que siempre se ha venido conmigo, el único hilo común en este derrotero, pues al desactivar algo lo deconstruyes, lo construyes a la inversa, sabes, si lo logras antes de que todo en ti explote, cómo está hecho, cuáles son los caminos a desandar para llegar al principio, pues intuyes que principio y fin están unidos en el vacío, por ello ahora intento vivir ese camino antes de que todo estalle en mí, me desprogramo, lo intento, intento parar el tiempo en ese segundo que engaña, que te hace huir por los túneles, sacándote, momentáneamente, de tu miseria, pero sólo es otro laberinto de espejos en donde te difuminas, sí, parar el tiempo en el reflejo al romper el espejo, que sea él quien se lleve tu imagen antes de que se reflejen tus trozos cayendo, aunque caigan en ese momento, quizá se lleve tu imagen entera y él será los trozos y podrás salir del reflejo, quizá el de la explosión, allí se juntarán los cabos sueltos, cuando todos sean uno, algo,

nada


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