Alfonso Xen Rabanal

Generacion.Net


Conocí a uno que, al igual que tú, estaba en el punto medio de un vacío… sin aristas, perpetuo. Al menos, así él lo creía. Su mirada era calor, presión que la Nada confería a sus movimientos. Su objetivo no era salir. No comulgaba con nadie. Ni consigo mismo… Simplemente, objetos de no se sabe bien dónde caían en su vacío y se enquistaban remolinando… algunos en él impactaban. Ese era el contacto con el exterior. Nunca lo buscó. Aunque siempre quisieron contar con él como una bandera en mitad del desierto a poseer, bandera para ondear… y olvidar el terreno conquistado.

Y esas sondas, objetos animados o no, eran sólo líneas que le circundaban sin llenar su vacío. Eran sonidos en la Nada y para ellos, de ellos, escribía y sus palabras ascendían en espiral. De la realidad salían que conocía de su vacío y la gente las escuchaba. Eran palabras surgidas de un mundo latente pero desconocido, por las leyendas sabido y por ello olvidado, palabras de un vacío que no aspiran a llenar el silencio, pero que mellan en su sinsentido. Son palabras que entenderán y entenderían, que fluyen del desierto, al vacío atañen. Palabras de sequía, que hablan, cincelan Luz… y en sombras mueren. Palabras… de un vacío que es el estercolero de los miedos.

Ese uno, creo recordar, al igual que tú caminaba como escuchando ladridos lejanos y perdidos en la montaña de un pasado… en el viento de la montaña del pasado… que se confunden, que nacen de la confusión, lejanos, ladridos por ladrar, que ya no conocen perro, nadie más escucha, a quien ya no está avisan, que se pierden en el vértigo, se sumen en el sueño, ese del olvido… Son ladridos a la puerta de un vacío.

Existen olas que no llegan a romper en la playa. Y ese uno, al igual que tú, creo, lo sabía. Por eso no buscaba moluscos en la orilla. Por eso, al igual que tú, te observo, se adentraba en el océano a veces sin saber nadar… y si sabía, que no lo sé, no lo hacía mal, a veces, nada mal. Pero ese uno un día partió las olas allí donde las vela el horizonte y sin más fue expulsado a tierra… El horizonte se le negó… Y empezó a escribir crónicas para decorar un vacío… Su vida era mar, desierto: ese vacío ya de él hastío… Tu herencia…

Su excomunión.

la verdad se identifica con la apariencia, eso decía, sí, y es verdad, pues no pasamos más allá, quizá intuyendo que ya nada tenemos dentro, en todo caso avisados de que más allá del bien y del mal no existe nada, al menos que nos contase antes de caer en las simas, donde todo es nada, pues aún no podemos contabilizarlo, es así, no existe un asiento contable para el vacío, sólo un agujero negro que lo sume todo aún sin existir estadísticamente, y hacia allí vamos, paso a paso, como él al desprenderse de la última máscara, es lo que hay, y hay que tirar con lo que se tiene, aunque sea nada, siempre adelante, que decía Rimbaud, y ahí estamos: al borde de la cloaca, tan claro es que no figura en los  mapas del G.P.S., como eterno retorno árjico, vueltas y vueltas para buscar un principio, el único que es un fin en sí mismo, al menos el nuestro, que con nuestro vacío la llenamos, significando, quizá, el único movimiento real en este occidente donde sólo aspiramos a ser fósiles, una mera huella de algo que pudo ser, no lo sabemos, pues ya no somos, y si pretendemos reconstruirnos, seremos como el signo de Braudillard: el mero desvanecimiento de una cosa, sí, una cosa, sin atributos ya, joder, sólo aditamentos para un vacío comprimido bajo estratos de máscaras que caen, como lascas de piedra en donde se busca un fósil, un algo que, al menos, sugiera una pregunta sobre nuestra existencia, perdón, sobre nuestro miedo a existir, algo así como una contraseña, sí, que a alguna mente inquieta del futuro si llega, le haga indagar sobre ese ser que dejó una huella, ese es el problema, pues ya somos meras lascas, sin nada dentro, nada, esa es la verdad de Nietzsche, la que se identifica con la apariencia,

y esa, allí, era la única verdad: la apariencia de un tiempo que se quedó atascado mirando una bolsa de patatas fritas RISI, ajada como mueca de dolor, pues todo era dolor, no ya sentimiento trágico de la vida, ni mucho menos un Blues que lo purga, lo intenta al menos, sin una sonrisa anclada y revenida, una postura estética, el dolor como apariencia, sin querer ni desear nada, ni ahondar en la desgracia por resolverla o finiquitarla en lo malo, pues tampoco existía movimiento alguno hacia lo positivo, no se permitía soñar, nadie deseaba ya, ni yo a ella ni ella, que sólo lo hacía con la cabeza, a mí, era así, una mascarada el tema, sólo eso, algo aséptico, muy a la moda positivista, como una impresora de chorro de tinta que sólo imprime hojas de prueba, en este caso sobre el papel higiénico, pues allí acababan todas las diatribas de esta neurona psicalíptica que tengo entre las piernas, es así, no existía variación, y allí donde no existe variación no hay dialéctica, acabas no deseando, es el onanismo, con él todo llega al silencio pero éste no nace en el acto masturbatorio, pues no deviene en una cesación de la actividad, declamativa, por ejemplo, como un orgasmo que copula con las mentes de los espectadores, si los hay, y sigue reververando un tiempo, sino más bien al contrario, pues el espejo enmudeció ha mucho y el silencio siempre estuvo, quizá fue lo único que realmente nos unió alguna vez, cuando coincidimos en ese cruce de caminos en el que ella ascendía hacia el cielo del raciocinio, allí donde sólo existen normas impuestas, y yo descendía hacia lo que ellos denominan: los infiernos, joder, sólo buscaba un poco de calor dentro de mí, un camino en las lindes entre la luz y la oscuridad, la línea de mi horizonte, pero no, el alto en los caminos me sumergió en un mundo agotado desde su nacimiento, interminablemente agónico en su inacción, sin ya principio ni final, donde todo era tiempo estimado, como en las descargas de la mula, como en la vida que ella buscaba, todo programado, contabilizado, aunque no baje nada te da un plazo, te miente al decirte que en diez días y doce horas estará descargado, y todo controlado, el autoengaño, todo dominado, etiqueado, todo menos la cloaca, no la ves, no la quieres ver, es cuando más te aferras en la creencia de que todo cambiará, estimas que será así, y sin ningún argumento empiezas a hacer lo que más odias: ponerle nombre a todo, y fechas y plazos a las sombras, destrozar para estudiar, eso hicimos con nosotros, y ahora tan sólo somos aptos para el tiempo estimado de la disolución, es así, o la fermentación, que decía la francesita, en el silencio, en la inmovilidad del cruce de caminos, chucrut en mis huevos, cocidos al aire, así estaba, estirando la espalda sobre la tabla, la que me endiñó la patrona, me veía en baja forma, eso decía: mustio, mustio, no servís pa nada, lo repetía constantemente, y tenía razón, pues nada me incentivaba, huía del verano, de las transparencias, de los tangas, de la francesa, sólo salía de casa para ir al curro, siempre cohibido, sintiéndome culpable por desear, intentando extirpar de mí el Instinto, como si tuviese que purgar por algo, ese algo que se hacía fuerte en mi espalda, y la tensión me podía, todo eran barrotes en mí, demasiado gasto para una cárcel vacía, y no, joder, me levantaba tieso, lo de menos era el cohiba entre las patas, y sólo quería respirar, no es pedir mucho, así estaba, desnudo sobre la tabla, levantado y dejando caer unas pesas de vinilo por detrás de mi cabeza, esperando el crujido liberador de alguna vértebra en mi espalda, grabando un  blues en ellas hasta que sólo levanté gemidos, era así, nada crujía, la piel se me pegaba al plástico, sentía el sudor que descendía por mi entrepierna recién pelada, y no quería excitarme, por eso buscaba un lugar de referencia interno, pensaba que debía de ser bonito, el tenerlo, poder regresar a un lugar común, aun fantaseando, pero regresar y sentir que alguien espera en esa estación que lleva nombre, tu identidad, no sé, quizá tu sombra, esa siempre espera en algún lugar, puede que soñado o donde soñaste con algo, quizá con escapar de ahí, pero que conforma tu ser y hacia él regresas siempre en un tren que para lentamente en la estación que lleva tu nombre, sí, aún busco ese rincón primigenio dentro de mí, para poder abrazar a mi sombra, y ayudarme a salir del sumidero, pues quiero ser fósil por mí mismo, hace ya mucho tiempo que oigo la riada que arrastrará a Occidente, la que ha de quitar las máscaras y descubrir lo que somos: un mero pastiche que en cada copia se ha degradado un poco más, hasta llegar a ese límite donde más allá sólo estamos nosotros,

y ya no somos nada

segundo fotograma

en alguna parte ha sido, claro es que lo he oído, es una de esas cosas que llega a ti porque lo buscas, aún sin quererlo, desde dentro lo reclamas, por eso tu atención se fija en ello, aun teniendo las mismas probabilidades, supongo, que si a una estrella le da por hacerse el kamikaze sobre nuestra chota, sí, siempre tan egocentristas que pensamos que el cielo se ha de derrumbar sobre nosotros, cuando somos nosotros solitos los que nos vamos deshaciendo al perder oportunidades, de eso se trata, lo oigo en alguna parte, la supervivencia trata del momento oportuno, de aprovechar el momento oportuno para eso: para sobrevivir, sí, ese que siempre obvias esperando un momento que nunca aparece, y esto trata de esos momentos, los perdidos esperando un imposible, hoy lo sé, cuando no quieres ver las oportunidades y en la espera simplemente infravives, es decir, aguantas y aguantas para nada, es así, pues si vives encerrado, o con un margen muy limitado de movimientos, aunque te sepas parte de la mayor urbe, sólo ves dos opciones, así lo viví antes de poder acceder a internet, aunque es lo mismo, te aislas igual, y los sueños  con novedades que no encuentras en ti te los dan servidos, eso te adocena aún más, hasta sentir que yo era el director de una devacle, la mía, lo más importante en el vacío de la desolación, artífice de mi caída libre, actor y apuntador que susurra narrando la hostia que viene volando…

- así lo quisiste

… de la que sólo quedan los escenarios vacíos del pasado  que recorro y el tiempo me parece gratuito, sus miedos, el desconocimiento, todo aquello que te ata por no coger las riendas…

- así lo quisiste

director, decía, y único actor, que digo, pues hoy sé que estaba solo, hoy sé que cuando no existe variación te entretienes desfigurándote en el espejo, y pergeñas un plan que avanza día tras día en la inacción, te sabes protagonista de la historia de un cruce de caminos por donde nadie ha de pasar, entre la niebla, y el silencio que campa en cada paso que sólo da el tiempo, ese que no para, escucho a Antonio Vega, sabe de lo que habla, y por ello alcanza la inmortalidad con tu inmolación, bueno, creo que soy consciente de que sólo soy una ínfima parte, nada, aunque en mi afán por disgregarme, pienso ahora, sólo era un ego que se ató emocionalmente a una causa perdida, hoy lo sé, ya ves cuántas cosas sé a toro pasado, por eso estoy aquí, diseccionando los restos de una soga, más bien de la piel que dejé en ella, pues hoy sé que no existe causa más perdida que una lágrima gratuita y sin causa, así era ella, siempre llorando, tejiendo una soga de lágrimas que deforman todo, si acaso algo ves a través de ellas, no la vida, pues no es vida para los gilipollas que sólo buscan una historia y se enganchan a un culebrón imposible de lenguas bífidas autofelativas, reciclando constantemente los mismos excrementos en el tiempo que parece anclado, sólo lo parece, a una derrota, la de mis espaldas en donde asía su ancla y aún no sé si era mi deriva o la suya la que fingía algún movimiento, algo, pues los días pasaban y yo no sabía ya contar, y ni mucho menos contar para atrás, pues atrás sólo quedaba la niebla en la montaña, el decorado de la única escena de esa obra en la que yo era el director y único protagonista, mi reino de silencio, allí donde nunca existió una certeza, ni tan siquiera la del desastre, pues nada pasaba, sólo avanzaba el tiempo, así era mi vida conmigo a través de sus lágrimas, tan sólo una apología de la infravivencia en los aledaños de la gran urbe, allí donde se construían los nidos donde se incubaría la gran derrota, la que hoy vive esta sociedad, la que viví encadenado a las penas sin gloria de quienes purgan en ti sus miedos para crecer, haciendo del escenario lo que hoy es:

un estercolero en donde indago, capa tras capa, los estratos de mi infravivencia en el vacío,

ese que, al parecer, yo quise

notas de enfoque para el tercer fotograma:

1- Narciso, al mirarse en el espejo, no se suicidó… simplemente se inmoló en honor a sí mismo…

2- La infravida puede derivar en una puta pesadilla, y lo peor de una pesadilla es que no haya movimiento, es decir, que lo que te machaca se repita constantemente… y acabes como Narciso mirándose en el reflejo y tu imagen se vaya descomponiendo poco a poco hasta que surgan las paranoias, siempre los miedos, esos actores secundarios de la gran obra de la contemplación de ti mismo en la inmovilidad…

Seguro que a Narciso no se le levantaba… Joder…

tercer fotograma

… lo único cierto es que la vida era como uno de esos primeros videos porno que circulaban por internet… tardaban la hostia en cargar para después durar un par de minutos, así salieron la de dios de adolescentes eyaculadores precoces sin ningún argumento, sólo tiempo perdido en una espera interminable para descargar en dos minutos, así siguen buscando la satisfacción, y la quieren inmediata, la de pastillas contra los nervios que tomaron en esas horas de espera para correrse en veinte segundos, y yatá, esa es la vida que nos espera, la que diseñan hoy esos que siguen siendo eyaculadores precoces también en su cabeza, desconociendo desde el principio que lo interesesante de la vida es ese tiempo perdido mientras ésta se carga, lo que busques o no dura demasiado poco y siempre es al final, por ello la sociedad nos da sólo finales rápidos, uno tras otro, como ristra de pastillas, para calmar las ansiedades, acallar la lucha  del Instinto que busca satisfacer algo, sin dar nada a cambio, sin recorrer los caminos internos en los que, si quieres, te puedes conocer, y así disfrutar verdaderamente del momento en el que te corres, y hacerlo eterno al rodar tu propia película disfrutando de un orgasmo intenso mientras la claque aplaude al correrse a intervalos pautados, desconociendo que todo, hasta correrse, necesita de un argumento que sustente la espera, pues si éste no existe llegamos al momento en el que estamos: ese en el que a Narciso ya sólo le excita la muerte, la suya en el reflejo, una vez perdida la cuenta del tiempo, ese que siempre camina mientras envejecemos en un reflejo, perdida la vida en una espera inútil…

… pues al final, la película descargada siempre es mala, tan mala que los eyaculadores precoces, además, siempre tienen cara de asco… y si no mira las caras de los próceres, los que ella admiraba, bien mimetizada en esta sociedad,  así sólo buscaba atajos, sólo quería finales y el consumismo los da: finales: uno tras otro, una máscara tras otra, una solución inmediata a todos tus sueños, a todos tus impulsos, y así hasta que los matas todos y ya eres apto, lo que ella quería ser, así era su cara cuando llegaba a casa, todo programado, hasta su tiempo conmigo, y yo cargándome todo el día para cinco minutos, los que ella decía que tenía conmigo, sus cinco minutos, no los míos, pues yo no me relajaba con sus lágrimas, y no podía hablar, no podía decir que no quería sus cinco minutos, que tenía un problema, que estaba enganchado a ella sólo con una parte de mí, con mi cerebro introspectivo, el que me llevaba a la infravivencia, a la disolución, ese cerebro racional que todo lo mata para diseccionarlo, hasta a uno mismo en el espejo, y no, yo tenía otra parte más extravertida, que siempre miraba hacia afuera por ver qué me rodeaba, y sólo veía las tetas, el tanga de la francesita, comida, sí, sólo quería comer para vomitar y seguir comiendo, así estaba, con una polla bulímica, siempre empalmao hasta que llegaba ella con sus cinco minutos de lágrimas en directo, puta mierda de película, días y días perdidos por ver si algo variaba en la escena, no podía más, tenía que querer a alguien con todo de mí, ya nada salía de mí, ni palabras ni lefa, nada, y sólo el tiempo pasaba,

y el telón que no caía

el hombre que fuma en la niebla

I

“Cuando ya no sabía qué hacer, miraba. Dejaba que mi vista se perdiese más allá de las formas… De los blancos surgían figuras que contrastaban con los relieves, mostrando toda su simbología… Entonces esperaba, y cuando mi mente se deslizaba entre los susurros de los sueños de mis hermanos, ellas me hablaban. Y a la luz de esa linterna que me había confiado mi padre, consciente de mis devaneos nocturnos, yo interpretaba cientos de historias en la pared que se fundían con los sueños.

Los sueños, esas imágenes de otras vidas, miles de situaciones que ante mi desfilaban con un movimiento de muñeca. Y todo lo vi: entre luces y sombras escuché el eco de mil muertes que me reclamaban como fedatario… y me asustaban y confundían, pero seguía mirando hasta que las imágenes se disolvían en puntos luminosos… Entonces comprendía y un sueño de vida me alcanzaba. Mi mano se deslizaba por la pintura leyendo en su estucado… Y me unía al coro feliz de mis hermanos.

Cuando nadie entendía la espera, el silencio, el rechazo a esas clases que diezmaban mi imaginación, mi falta de comunicación, el encierro… Cuando ya no existía más opción que integrarse en las sombras, ascender esa escala que nacía del dolor en mi pecho, el abandono, ese irse del dolor, del encierro de mí en mi cabeza, sin poder transcender, salir, esta fachada que comprime; estos sentidos mentirosos… Entonces, de aquella, aparecía y me calmaba y ya todo era esa luz que no hacía sombra.

Era un niño y todavía no sabía de la niebla, de los cruces de caminos que inventaba con la linterna, mezclando muertes soñadas y confundiendo historias. No, mi mente aún no había sido violada. Pero ya intuía que debía buscar entre los blancos, los silencios, las grietas de la materia; pues así obtendría las respuestas a las preguntas que, más tarde, a lo largo de la vida, me formularía…

Hasta que llegó la niebla.

Cuando ya no quedaba nada de luz, mis sueños fluían por el aire, ya ajenos, como el olor de una rosa de tanatorio, sin prisa por irse. Pues por mucho que mi madre ventilase la habitación… allí seguían, como un holograma que surgía para responder a una pregunta en silencio, ese silencio que me elevaba un escalón más hacia el techo, allí donde esculpía las figuras de mis sueños: extraños símbolos que sólo más tarde reconocí entre la niebla, preludio de aquellos que siempre, otra capa de pintura, me quisieron eliminar.

Todo lo intuí. Allí donde miraba se me revelaba como en un cuadro de Escher o Dubuffet: vi el futuro que no es y me vi en cada punto, fundido con ellos… y a todos, los que ahora vienen a por mí, vi entre los desconchones…

Hoy sé que el silencio se terminó… que ese viaje interior que emprendí hace años no ha dado sus frutos… Aunque he seguido todos los pasos, sin titubear… hasta los más dolorosos.

He muerto en la espera de mi segunda muerte… y, desde el vacío, sólo quiero mi parte de energía para contar mi muerte a los muertos que caminan hacia la niebla.”

hoy, unos cuantos años después de escribir esto, sigo mirando ese estucado en la pared, oscurecido como libro en braile mil veces leído por mis manos que en sueños buscan descifrar algo que todavía no sé qué es, si una señal, un diálogo con mis muertos, una sonrisa, una puta luz en mí que me aparte del último silencio que acecha, pues a veces pienso que todo lo que tenía que decir aquí ya ha sido dicho, mi grito ha sido alto, claro y sincero, y ahora que el proceso es el mismo sé que ya nadie está a mi lado, a nadie puedo contarle cómo me pierdo en este proceso contra mí mismo, repasando todas las situaciones que recuerdo, una y otra vez hasta que caigo agotado, es el espejo o yo y mi rostro se derrite y desaparece, siempre igual, descendiendo a los abismos en los que llegue como llegue siempre me cobran la misma cuota, una parte de mí allí se queda y cada vez tengo menos fuerzas, necesito un poco de aire pero aquí no existe un respiro y arrastro mi cara para regocijo de los que sólo viven para mi derrota y busco un piedra, no sé si para arrojarla o para ponerme algo más de lastre que me hunda, ya un poco más, no lo sé, ya no veo las líneas discontinuas del decorado, sé que me he quedado enganchado a mí mismo, algo me lo dice, es el puto miedo al cambio, adobándome todo el puto día, así este sol me fríe, plantado en un cruce de caminos, sin ver el viento que intercambia sus secretos con las hojas de los árboles, ya no hay árboles, esto no es viento, sólo es una deflagración que implosiona y me arrastra y ya no existe el diálogo, desconozco si alguna vez lo hubo, en un tiempo que me succiona y que no es el mío, nunca lo ha sido aunque no haya querido verlo, siempre es el mismo proceso, sus lágrimas me horadan y arrastran de mí lo que me sustenta, todo se me rompe y me encadena al silencio,

siempre es el mismo proceso

para después filtrar mi fango y robarme el oro, mi tiempo, llevo varios meses así, no encuentro dónde asirme, no tengo ya nada dentro y todo fuera es grasa al sol que nos fríe, tapona mis ojos y mis venas hasta caer agotado ante otra apelación más, perdido entre los trámites de mis miedos y sus lágrimas que me acusan, y ya sólo busco un espejo en unos ojos que me miren, sólo quiero hablar, mirarme en ellos por ver si de mí queda algo y asirme a ese algo para quitarme de encima este parásito que me lastra y poder correr detrás de mis sueños, esas imágenes que me hablaban de niño, ya sólo son las únicas que busco, y poder dormir, descansar, sabiendo que venía ella a tranquilizarme y darle un sentido a todo pues sin una ilusión no se puede vivir, y ella me la daba de niño, ella:

esa puta luz que me dejó sólo entre las sombras



no se puede vivir a través de los demás, me lo espetó así, en una noche de orujo y farla, mientras miraba hacia las estrellas de ojos caídos con andamios en sus caras, como esperando una subvención del gobierno para restaurarse, antes de que la luz de la mañana les disocie de la sombra que les arropa, la que no saben si matar o encalar, y devuelva el odio a su sitio… Son esas horas en las que todo se deshace y caminas esquivando montones de arena, restos perfilados con tiza, esperando a que el forense certifique que ha pasado otra noche sin que las cuentas de la vida salgan, aunque en la autocombustión se ha vuelto a producir la catarsis del hollín,

no se puede vivir a través de los demás

para así poder tirar un día de más, que ya seguiremos contando otra noche los pasos perdidos hacia uno mismo, cuando todo se reduce a caminos que siempre trunca un vacío, siempre el mismo, el único que da continuidad al doler en las mismas horas quietas en las que nada para en nuestra cabeza y en las que yo, raro como siempre, respondo:

no se puede vivir sin ser uno consigo mismo

: por eso escribo esto, al menos tengo algo claro, pues vivir a través de los demás es atravesar un desierto, no lo discuto, el mismo que si vives a través de ti sin ti, delegando en un reflejo tu vida, sin esencia sin ninguna sustancia, siguiendo los pasos que te marcan para no salirte del espejismo, allí donde enseñan que los miedos sólo se conjuran con el consumo, poseyendo la imagen, no adquiriendo conocimiento, pues todo va tan deprisa que siempre nos pilla descolocados, y la única manera de reciclarse es aparentar que no tienes miedo, aunque estés cagado ante dos ordenadores que ponen en el curro, así estaban, era un nuevo reto, ahora añadirían unas cuantas palabras más a su escenografía del vacío, pero no sabían cómo enfrentarse a él, pues aquí la interacción requiere algo más que apretar un botón y dejar que te centrifugen, y se supone que yo sabía,  y yo intentando quitarles primero los miedos, siempre ha sido mi gran confusión, pues nadie cree necesitar ir a la raíz del problema, lo vemos con la que llaman crisis, sólo quieren pasar de largo, disimularla hasta la próxima y que les pille a otros, no sabemos funcionar de otra manera en esta maratón en el espejismo, por eso pasaron de mí, no les daba una solución inmediata, la solución estaba primero dentro de ellos, de su visión de la vida, y si pasaba por comprar un ordenador de segunda mano para aprender ya eras el gilipollas, es cierto, por eso iban con sus prerrogativas a los centros comerciales, allí la solución era instantánea, el predicador te quitaba la ansiedad momentánea al firmar un crédito y convencerte de que te llevabas lo mejor, un equipo con el que soñarían los profesionales, aunque fuese doscientas mil pesetas más caro del que realmente necesitabas, pues no se trata de eso, siempre he estado equivocado, lo reconozco, nunca hemos buscado adquirir conocimiento, sólo queremos ser los reyes del momento que se escapa en el espejismo, sabernos los admirados un lunes en el curro aun a sabiendas de que al siguiente lunes otro llegaría con un modelo superior, es decir: más caro, y tendrías que firmar otro crédito para pillarte el home cinema 5.1, con subwoofer también para el buga de marca aparente, la casa obligatoria, la cirugía estética de la parienta, la farlopa para la carrera entre centros comerciales, la misma que te lleva a los pocos años a la noche, harto de arreglar un país que es un castillo de naipes con tu firma estampada bajo la letrina que no supiste leer, y añoras un tiempo en el que aún te sueñas el mejor al poseerlo todo un segundo antes que los demás, el tiempo que tarda en pasar la imagen a través del espejismo, según te metes un tiro de farlopa y ves el vacío…

el de tus ojos en el espejo

si los hombres definen las situaciones como reales, ellas son reales en sus consecuencias, lo dice un sociólogo, pues vale, W.I. Thomas, correcto, no lo discuto, lo veo todos los días, cómo unos hijosdeputa, que se creen por encima del bien y del mal, se pasan por el forro de los cojones el destino de millones de personas, les da igual, sólo actúan en beneficio propio, saben que tienen comprados a los gobiernos, que éstos harán cualquier cosa que se les diga, no importa de qué color digan ser, los gobiernos, el único color es el del dinero y ellos crean el color, después que cada cual se las arregle como pueda, para eso están las instituciones que han de orientar, obligar a seguir un camino, al que siempre pringa, el que se come todo, ese que se autoengaña porque quizá cree en algo, todavía, un algo siempre externo, que ya es bastante jodido subsistir sin tomar una puta decisión, cuando la única que se debería tomar es por uno mismo, intentar pensar que una sola persona puede cambiar algo, es cierto, y sin desbarres varios, olvidando lo de los claveles en el ojel de los fusiles, las balas no tienen ojos y siempre dan por el culo, sí, se puede hacer, cambiando la mentalidad, desde tu puesto de trabajo, o el que me espera en la cola del paro, en los restos de tu familia, con los amigos que no han intentado venderte, lo que quede de tu pareja, él o ella, si no es ya un clon de silicona, requemado por el láser, sí, se puede hacer, dejar de mirarte en ese espejo, el que te dice que eres especial, sí, pero calla, y paga lo consumido, no pienses, para eso ya están otros, los listos, los que sólo manejan estadísticas y dinero que no existe, ellos lo crean y te venden aire, el que acaba siempre desnudo eres tú, no lo olvides, se acabó la película, los efectos especiales son sólo eso, humo por el que has pagado el precio de una vida, en la letra pequeña viene la comisión de tu alma, ya no eres nadie para ellos, y ahora te llaman cerdo y tonto a la cara, y tú callas, porque en el fondo sabes que te la han metido doblada, una vez más, y con esa mentira has de construir tu día a día, hacerla real para seguir callando, no te preocupes, no serás el único que quede en pelotas, sumiso y follable si te has trabajado el body como mandan los cánones, los del imaginario que te han creado, el que tú te has creado cuando cayó el telón, no el de acero, el de humo, cuando te das cuenta de que sólo eres una astilla que alimenta su fuego, o un palillo de dientes, moldeado por un torno, predecible y repetido hasta el fin de los tiempos, aunque todavía te creas único y exclusivo porque el salón de la que ya no es tu casa sea distinto, al del vecino, ese hortera que también tiene su mercado, su revista, sus grupúsculos virtuales, es lo que te queda, lo único que conforma tu realidad, una imagen anónima cuando todo se hunde, cuando alguien decide que la realidad ficticia ha cambiado, y te pasan la factura del espectáculo, y lo que te resta fregando platos…

ahí sigo, fregando que digo, limpiando la mierda que me ha caído, intentando cambiar mi percepción, construir una realidad que parta de mí, que no me venga impuesta por unos hijos de puta, una vez rotos todos los esquemas, todo lo que tragué porque se hizo creíble, y sí, se puede cambiar la realidad, al menos intentarlo, es muy fácil dejarse caer por el puto hueco de la desesperación, sin defender lo que quede de mí, intentar dejar de pringar, reciclarme, luchar por no transmutarme en un fanático que perpetúe la mentira, el engaño en el que ha perdido su vida, pues sabe que algo se mueve a su alrededor, pero es difícil dar un paso, aun a sabiendas de que el imaginario social construido por las costumbres, lo socialmente correcto,
te ha de perseguir y estigmatizar, aunque no creas en él, es así, no necesitas consumir todo lo que te echan, así construyen la piara, ya lo sabes, hermano cerdo, así te llaman, voraz consumista, se descojonan de ti, de tus gruñidos al devorar sus sobras transgénicas, ahora ya sabes que eres lo que posees, puede que un ladrillo de momento, uno de esos que levantaban en tres cantos, por ejemplo, donde plantan una autovía, implantan unas empresas multinacionales que mañana se irán, cuando hayan chupado todas la subvenciones, dejándote en mitad de un desierto, pagando los plazos de un cactus toda tu puta vida, ahora, pero de aquella había que decorar el engaño, endulzarlo para que tragaras, la puta apariencia, bien lo sabía la patrona, le sudaba el chichi lo que pensaran de ella los vecinos propietarios, los que querían dignificar el barrio construyendo una iglesia de verdad, no esa que ocupaba los bajos del bloque de viviendas, que no daba rédito a la comunidad, por eso pedían dinero de puerta en puerta, con el eslogan de que la casa de Dios ha de estar en un sitio decente, pero con la ambición de alquilar los bajos y sacarse una buena pasta, pues a Dios lo de Dios y adiós, que los bienes terrenales no se pueden ceder gratis indefinidamente, y me pillan a mí intentando dormir la mañana, cagándome en el puto ruido del ascensor, en gallumbos y con la mala hostia del que no alivia los bajos, y el tufo de la berza, si lo era, que les impacta en la cara según abro la puerta, e inunda las escaleras en lo poco que pretendo tardar en darles con la misma, que eso es cosa de la patrona, no lo sabían, que alquilaba habitaciones, ya, qué casualidad, y justo en ese momento aparece el moro, subiendo las escaleras de cuatro en cuatro, y grita al verme en gallumbos, con la cara desencajada, cojones, y yo que sé, que he salido de currar a las siete de la mañana, sólo quiero dormir, y los beatos comisionitas que flipan, el moro escupiendo maldiciones por toda la casa, no se corta en entrar en mi habitación, oigo un ruido, ¡hala!, ya se comió la tabla de abdominales que guardo debajo de la cama, ahora jura en hebreo por lo menos, así está el país, lleno de infieles y descastados, con esta gente quién saca pa una iglesia nueva, na, a joderse, les cierro la puerta en sus narices confundidas por el aroma de mi hogar, y encaro al moro, está ciego repitiendo el nombre de la francesita, le sujeto los brazos, se pone tieso e intenta revolverse, parece que va reaccionando, nunca mantiene la mirada, el olor a berza es insoportable, sólo quiero intentar dormir, se lo digo, y ahora la habitación con ese puto olor, maldigo al médico que le dijo a la patrona que tenía el colesterol alto, ¡a mí!, que dijo, y ¡hala!, a hervir todas las hojas que quitan en el mercado, sí, las que tiran a la basura de las berzas y otras verduras, esas, cociéndolas día y noche para hacer un depurativo, y después a arreglar la ropa, pues no veas la cantidad de kilos que perdió en na, se quitó todo menos la mala hostia, eso no se depura, y menos sin dormir ni follar, no sé dónde está, no la he visto, mentí, pues al llegar estaba en la cocina, ¡ufffff!, unos pantaloncitos cortos, bien marcadito todo, abrochándose las playeras mientras me cuenta que se va a madrid en tren, y yo mirando su culo, a recoger una bicicleta que ha comprado en el segunda mano, que después me la enseña, y se da la vuelta y yo petao, me mira el paquete, se ríe y se marcha moviendo el culo, y yo a intentar dormir, y soñar con sándalo y no berza, y el tío que se tranquiliza y marcha, mala cosa eso que las mujeres decidan por sí mismas, y que además tengan su propio dinero, ¿eh?, pero no te preocupes, aquí pasa exactamente lo mismo, sólo que se dice otra cosa de boquilla, por eso una vez intenté que una mujer llegase a lo más alto sin venderse, quise dar un paso, pero ya de aquellas empezaba a dudar, intuía que había metido la pata, pero empezaba a autoengañarme, al igual que él, que dudaba y sufría atrapado por una tradición, sin atreverse a dar el paso, sabiendo que la estaba perdiendo por obcecarse en sus celos, no encontrando un sitio seguro donde encerrarla, sin la seguridad que da un imaginario social, si te ciñes a él, si no dudas, si te pones en primera fila a lanzar piedras contra esos que dudaron lo que tú dudas, matando en los demás la parte de ti que no te atreves a afrontar, así se perpetúa la mentira, así acabamos vendiéndonos todos, no te flipes, no te digo nada ajeno a ti, mirando hacia otro sitio, pagando con nuestro silencio la butaca en el lado amable de la televisión, allí donde sólo hay miedos, temor a que los desastres salgan de la pantalla, los que nosotros mismos hemos provocado, pues ya somos dóciles, cerdos sumisos que esperan su ración, en pocilgas con espejos que repiten nuestra imagen hasta el infinito, sólo así trascendemos, virtualizándonos, añadiendo en nuestro reflejo las dimensiones que hemos castrado en nosotros, por no dar un paso, el que él no daba, el que yo no daba, al creer que los demás podían hacer lo que yo no hacía conmigo, ser yo mismo, mirarme dentro, luchar contra mis fantasmas, levantarme y escribir, disponer de mi tiempo y mi dinero, sin estar siempre pendiente de sus lágrimas, haciendo caso omiso de las lágrimas que pendían de mi sexo, encerrado en una cama fría de 1,05, en la que nunca, aunque durmiésemos juntos de cuando en cuando, sentí calor, el calor de la vida, el que destilaba la francesita haciendo equilibrios imposibles entre dos culturas que se engañan, a ellas y entre ellas, y yo en el puto medio, como siempre, por no reclamar mi sitio, apto para recibir hostias de todas partes, las que estaba ella a punto de recibir, pues sabía que él estaba haciendo guardia en la calle, ya le había visto varias veces, comiéndose los cojones, por eso me vestí, bajé por las escaleras, y me senté entre las penumbras, haciéndome un sitio entre un concentrado de olor a berza, hasta que la vimos llegar montada en su nueva bici, exultante, y él se lanzó contra ella, empezaron a discutir, aspavientos y miradas al cielo, allí donde no estaba la tormenta, y ella subida en la bici, reflejando el tatuaje de su espalda en el cristal del portal, el tanga que se integra en el dibujo, y la temperatura que iba subiendo, dentro del espejo también, el olor a berza ya era gelatinoso, y la bicicleta que acaba de mala manera contra un parterre, y ella que se encara y el otro retrocede, se desinfla mirando hacia los lados, las ventanas, y en ese momento el olor a berza me puede, y salgo del portal con prisa haciéndome el loco, ella me para, ah, hola, te estaba buscando tu…, me enseña la bicicleta, y es cuando simulo ver al otro, ufff, no aguanto el olor a berza, tú, necesito un café, voy a hacer como las paisas esas: una colecta para poner un bar en el barrio, joder… venga, nos vemos… y marcho hacia la estación que queda a veinte minutos andando a por un café de máquina…

mientras camino pienso en mi vida, y llego a la conclusión de que lo único real que hay en ella es el olor a berza…

suena el móvil mientras sigo cociéndome en mi propio jugo,

concentrado

la última vez que pasé por allí venía conmigo una tormenta, la traía desde Vigo, niebla y lluvia rastrera, mala leche desde el fin de todo, y estuvo conmigo unos años, rayos truenos y centellas, en los tebeos quedaba mejor, el dolor dolía como estrellas y espirales, y yo ya tenía encima la tormenta, en mis espaldas, y el tiempo que no cambiaba, dolía siempre y ya no anunciaba nada, a todo te acostumbras en la deriva, supongo que es inútil un barómetro allí donde nunca existe un contraste, un algo que marque pautas, pero sólo lluvia y lágrimas, y las estrellas pastillitas en las que nada brillaba, lluvia espesa, lágrimas lechosas, y las espirales la única huida, como la canica a la que va venciendo la gravedad y en cada vuelta se precipita, hacia el hoyo, hacia los infiernos en donde respiras algo de libertad, quizá sólo la carretera, ese trozo de camino que une Tres Cantos con Alcobendas, que recorrí a diario unos meses, el camino del Goloso, siempre me gustó ese nombre, no sé, me hacía soñar, cosas con las que una vez disfruté y que nunca tuve en los años de tormenta, ponerme ciego comiendo un coño, que crujiesen mis cervicales y se partiese el barómetro de mi espalda, esas cosas, soñaba, una isobara de anarquía entre mis piernas, pues la realidad era eso, nada, como en esa carretera de madrugada, nada, sólo las espirales de los frenazos, los trompos en las rotondas, los casquillos llenos de lefa tirados en los arcenes, el olfato curioso de gatos de convento de monjas, los perros de guardia, colegas de profesión, la puta niebla donde todo son sombras de lencería, y los que confundimos palancas mientras soñamos al volante: la que cambia y la que un día tuvo piñón fijo y en la tormenta yace en punto muerto, acelero, no amanece entre la tormenta y siento el peso de la iglesia y del ejército que me circunda, pues los dos únicos puntos autónomos que tenía esa carretera, uno estaba al principio y era la universidad autónoma, el otro al final, al tropezar con una gran rotonda con un reloj que siempre marcaba que llegaba tarde, y que era donde despertaba, pues si me andaba yo por esos bajos soñando, la ostia que recibías te hacía renegar de todo, te recordaba tu vida, a ella, y era lo único autónomo que nos queda, eso que es nuestro sin estar ya en nosotros, lo único que rellena el vacío de nuestra vida interior, en lo que se resume nuestra sociedad:

una enorme montaña de estiercol que una fábrica de mierda trituraba para empaquetar y Bienvenido a Alcobendas…

Goloso, tú

unos vagos, inútiles, llorones, liantes, no recuerdo si por ese orden, y además que mueren pronto, dejando a la mujer con la carga de su féretro, toda una vida dedicada a ellos para nada, todo el día rezongando, borrachos, y mi hermana ahora sola, que decía, toda su vida dedicada a ese… y se callaba y se santiguaba… yo no tiño mi ropa, eso que gano, que los veo todos los días en Cáritas, todos señoritingos que se han comido hasta la vergüenza, vagos, vagos que sólo saben llorar, así va este país, nadie tiene cojones, a tomar por culo que nos vamos, te lo digo yo, todos los días, sí, mucha clase mucho apellido, drogados, borrachos, apolillados, que no sirven ni pa tomar por el culo, y miraba al seminarista que se encogía e intentaba escabullirse por el pasillo, pero no acusándole, que pa eso ya estaba yo, sino como buscando una connivencia en su mirada, una bendición de alguien que, supongo que suponía, estaba más allá de estas cuestiones terrenales, o así debería ser, si alguna vez lo fue, visto cómo está el percal en el clero, la de Dios, tú, y todos persignándose cuando deberían hacerse cruces a fuego en los bajos, pues muchos son como los políticos, que se pasan los votos por el forro, todo unívoco de palabra y equívoco en la obra, no como ella, pues su palabra tenía ley, esa ley que hemos olvidado, la ley del acto que es consecuente con la palabra, no con los vientos que soplan, aunque pa viento su voz, con la que el seminarista desplegaba alas buscando un refugio, es curioso, esta paisana tenía más cojones que todos los que presumen de ellos, lo que da buscarse la vida desde niña, desde luego más que el seminarista, vendida como criada a unos señoritos de Madrid, más que yo sin dudarlo, que no me los encontraba de olvidados que los tenía, y seguro que se cobró su pequeña venganza con esos señoritingos de los que hablaba, pues nunca dudé de su palabra, cerril muchas veces, pero con el peso de un epitafio, así era su mirada,

  • vago, vago, vago…
  • trabajo doce horas de noche, C., y tengo insomnio…
  • vago… a ti te cogía yo y te hacía currar de verdad, que eres un desastre… todo el día tirado en la cama leyendo mierdas, así no se va a ninguna parte… todos los días doy de comer a quienes se creen artistas bohemios… todos como tú, unos vagos que no han dado un palo al agua en su vida… Vagos…

sin apelación posible, pues es una de esas personas a las que nada puedes replicar, por muy listo que te creas, pues ella trabajaba también por las tardes limpiando oficinas, y al regresar se encerraba en su habitación a hacer cuentas, algo acojonante, alguien debería hacer un documental a esta gente, ahorrando desde los doce años para poder regresar al pueblo como una señora, se las sabía todas, aunque no supiese expresarse por escrito, bueno, como hoy en día y sin necesidad de hacer el paripé en una escuela, los títulos sólo sirven si se los da uno mismo, con esfuerzo y el trabajo interno, los demás, es cierto, sólo sirven para decorar, así se lo decía al seminarista, que estaba acabando un máster de cooperación humanitaria para irse a iberoamérica, supongo que con el objeto de hacer los votos allí, porque el de castidad, aunque después se pasase unos días buscando confesión, pero con un brillo especial en la mirada, no lo ejercía aquí, pues le daba el bajón, lloraba por las esquinas, quería irse pero no quería irse, ese era su dilema, y me temo que Chueca no se lo resolvía, aun cuando, en las últimas semanas antes de su partida, parecía que el trabajo de campo lo hacía en ese barrio, hasta que un día salió del salón con cara de iluminado y anunció su partida, al parecer le llamaron desde allí y le cantaron unas canciones, no voy a ser malo, tipo recital de los de antes, vía teléfono con guitarra y todo, y la patrona respiró, pues era el único al que permitía entrar al salón, que para los demás sólo se abría el fin de semana, si queríamos ver cómo lo limpiaba, pero sólo un momento, que si no te endiñaba una mopa, joder, el pastón que tenía encerrao en ese pedazo salón, no sé, tampoco entiendo cómo en muchos pueblos las casas tienen dos cocinas, un pastón,  lo dicho, para sólo utilizar una, y quizá, como muchos hoy en día, aun viviendo en urbanizaciones de lujo, para acabar comiendo en Cáritas, que de todo hay en este desmadre que ya preconizaba la patrona C., hace ya diez años, joder que tenía razón la paisa: todos unos inútiles, ufff… lo que hemos sido capaces de correr para llegar antes a la crisis…

No conozco el desierto, y al intentar recordar sus ojos imagino una puesta de sol sobre la arena, un color verdeamarillento, de la que, poco a poco, van surgiendo escorpiones y otras alimañas en la mirada de quien se creía príncipe de la arena, no sé su nombre, lo ha borrado el viento de las dunas del recuerdo, ya sólo veo el brillo apagado del demonio de los celos, la cabeza inclinada de ella, brillo mate que mataba el brillo de los ojos de ella, sabiéndose mercancía que él venía a reclamar de cuando en cuando, por ello la encerraba en la habitación todo el fin de semana, y el lunes ella tiraba sobre la mesa todas las muestras de perfumes baratos, cremas, lociones, que regalaban las revistas que él repartía, sacos de muestras de todo tipo, aquello era un rastrillo del que la patrona, mientras la consolaba, se surtía para llevar a su aldea de Lugo la modernidad, lo que somos, la sociedad de las muestras, pues nada queda ya íntegro, la parte es el todo, porciones de nada, lo que yo era, una simple muestra del vacío, una porción que no recuerda si algún día fue algo, como un reloj de arena en el que cada grano que cae es una imagen, donde los recuerdos fluyen uno a uno, como puntos que de sí sólo conocen el vacío que les rodea, ya sin ningún anhelo de formar una línea que unifique las imágenes, aunque todas juntas quizá lleguen a conformar lo que soy, no lo que fui, pues vivo con la ansiedad permanente de un criminólogo que persigue la reconstrución de un crímen, a partir de meros indicios, huellas, rastros de algo que algún día fue, una identidad que ya no es, y se sabe el indicio y el delito, el asesinado y el detective… el asesino…

Primer indicio:

y el lunes, después de tirar sobre la mesa todas las muestras que regalaban las revistas que él repartía, pues decía que al pasar por el torno de clasificación y empaquetado éstas se atascaban, y tenían que quitarlas, sólo eran muestras, y los suscriptores no protestaban, que si lo hacían se les emplazaba en la nave de Majadahonda, y podían perder todo un día por una puta muestra, y un día tras otro acaba siendo una vida, pero no queremos darnos cuenta, por eso decimos que vivimos al día, sin nada por detrás, nada por delante, así estamos siempre, en pelotas, rodeados de un vacío que nos ahoga sin beberlo, repitiendo lo mismo, lo que nos hace daño, jurándonos afrontarlo cada vez que intentamos purgarlo, y cada vez nos pudre más, hasta que algo revienta y ya ha pasado toda una vida, hecha de trozos, de muestras que no alcanzan ningún fin, salvo en el bolsillo de la patrona, que cuando llenaba el trastero de eso, de trastos, marchaba a su aldea a purgar toda una vida sirviendo, sabiendo que ese es el único triunfo en el destierro, su apariencia investida de consumo, lo único que purificaba sus sacrificios, lo único que da sentido al olvido, por eso, los lunes que tocaba,  después de recoger muestras y lágrimas,  a la patrona no le importaba que ella hirviese todas las sábanas con vinagre, y hasta le ayudaba a limpiar con lejía la habitación, porque a ella también la vendieron a un señorito de Madrid a los doce años, y había aprendido muy bien algo que yo desconocía… que si no purificas lo que de ti hace un desierto, lo que te rompe, te cuartea…te acaba pudriendo su recuerdo…

aun en su aparente olvido




Fluctúo… existen días en los que soy como una onda y busco el bien común, no integrarme en el adocenamiento pero sí intentar hacer algo en este erial, fluctúo, sí, y a veces soy partícula que interacciona y se va a la deriva de sí mismo, como materia oscura que posee toda la energía pero que no fluye, pues en mí se eclipsa, me enroco, me hundo en mí mismo, y es cuando descubro ese mundo, y me habla de algo más allá de todo lo que había soñado, la energía no quiere fluir, mi cabeza lo impide, pero ella está ahí, revolviendo cacharros en la cocina, enseñándome el tatuaje de su culo, el tanga, al agacharse, sus tetas libres colgando por el escote del pijama, su mirada lasciva, con toda la sabiduría de oriente, la que sólo se transmite a los iniciados, a los que ingresan en su foro, y la energía quiere fluir en mí, intento reprimir el empalme, en mi cabeza retumban sus sollozos, me acaba de llamar, su madre que llora, su padre que la encierra en casa, y van varios años, el padre que pide dinero, ella que no cuadra en el trabajo, por ello me enroco, pues todo fluye hacia mí, y en mí se queda, se atasca, soy una ciénaga que ya no se hace preguntas, pero sus ojos me dicen que tiene todas las respuestas, y me mira la entrepierna, por debajo de la mesa de la cocina, y sé que su coño palpita pegajoso, se despereza, y quiere transmitirme su sabiduria, deletreando las palabras atascadas en mi polla,

y-o-t-e-q-u-i-t-o-l-a-s-l-e-g-a-ñ-a-s

que bascula, se revuelve, intentando salir de un mundo de leyendas, la lefa que se pudre sin sentido, en mí, no lo encontraba, y no quería ver que lo que tenía delante era una ilusión, la que siempre perdí, en sus ojos, los que me querían hacer partícipe del infinito, ahora sí, quitarme de encima la locura, ya no la buscaba, suyo era el poder de todo lo que en mí se atascaba, demasiadas cuentas pendientes, y la mía conmigo mismo sin resolver, por ello intentaba escribir, pero mis palabras emborronaban el papel, y de los borrones surgían las imágenes oníricas, las que me podrían llevar al diván de un psicoanalista, cojones, su culo delante, ni diván ni hostias, sólo existe un borrón, ahora, borrón necesario, me levanto, no disimulo el empalme, ella agarra una botella de aceite de oliva virgen extra, el paraíso, me sonríe, se oye un portazo, la voz de la patrona, echa un chorrito sobre una mazorca de maiz, entra la patrona en la cocina, la muerde mirándome a los ojos, y todo en mí fluctúa, soy una onda que todo lo invade, millones de partículas que se atascan en mis huevos, y me apago, el cortocircuito está hecho, todo se me viene abajo, suena el móvil…

más lágrimas para mi ciénaga