Alfonso Xen Rabanal

Generacion.Net


No conozco el desierto, y al intentar recordar sus ojos imagino una puesta de sol sobre la arena, un color verdeamarillento, de la que, poco a poco, van surgiendo escorpiones y otras alimañas en la mirada de quien se creía príncipe de la arena, no sé su nombre, lo ha borrado el viento de las dunas del recuerdo, ya sólo veo el brillo apagado del demonio de los celos, la cabeza inclinada de ella, brillo mate que mataba el brillo de los ojos de ella, sabiéndose mercancía que él venía a reclamar de cuando en cuando, por ello la encerraba en la habitación todo el fin de semana, y el lunes ella tiraba sobre la mesa todas las muestras de perfumes baratos, cremas, lociones, que regalaban las revistas que él repartía, sacos de muestras de todo tipo, aquello era un rastrillo del que la patrona, mientras la consolaba, se surtía para llevar a su aldea de Lugo la modernidad, lo que somos, la sociedad de las muestras, pues nada queda ya íntegro, la parte es el todo, porciones de nada, lo que yo era, una simple muestra del vacío, una porción que no recuerda si algún día fue algo, como un reloj de arena en el que cada grano que cae es una imagen, donde los recuerdos fluyen uno a uno, como puntos que de sí sólo conocen el vacío que les rodea, ya sin ningún anhelo de formar una línea que unifique las imágenes, aunque todas juntas quizá lleguen a conformar lo que soy, no lo que fui, pues vivo con la ansiedad permanente de un criminólogo que persigue la reconstrución de un crímen, a partir de meros indicios, huellas, rastros de algo que algún día fue, una identidad que ya no es, y se sabe el indicio y el delito, el asesinado y el detective… el asesino…

Primer indicio:

y el lunes, después de tirar sobre la mesa todas las muestras que regalaban las revistas que él repartía, pues decía que al pasar por el torno de clasificación y empaquetado éstas se atascaban, y tenían que quitarlas, sólo eran muestras, y los suscriptores no protestaban, que si lo hacían se les emplazaba en la nave de Majadahonda, y podían perder todo un día por una puta muestra, y un día tras otro acaba siendo una vida, pero no queremos darnos cuenta, por eso decimos que vivimos al día, sin nada por detrás, nada por delante, así estamos siempre, en pelotas, rodeados de un vacío que nos ahoga sin beberlo, repitiendo lo mismo, lo que nos hace daño, jurándonos afrontarlo cada vez que intentamos purgarlo, y cada vez nos pudre más, hasta que algo revienta y ya ha pasado toda una vida, hecha de trozos, de muestras que no alcanzan ningún fin, salvo en el bolsillo de la patrona, que cuando llenaba el trastero de eso, de trastos, marchaba a su aldea a purgar toda una vida sirviendo, sabiendo que ese es el único triunfo en el destierro, su apariencia investida de consumo, lo único que purificaba sus sacrificios, lo único que da sentido al olvido, por eso, los lunes que tocaba,  después de recoger muestras y lágrimas,  a la patrona no le importaba que ella hirviese todas las sábanas con vinagre, y hasta le ayudaba a limpiar con lejía la habitación, porque a ella también la vendieron a un señorito de Madrid a los doce años, y había aprendido muy bien algo que yo desconocía… que si no purificas lo que de ti hace un desierto, lo que te rompe, te cuartea…te acaba pudriendo su recuerdo…

aun en su aparente olvido




Fluctúo… existen días en los que soy como una onda y busco el bien común, no integrarme en el adocenamiento pero sí intentar hacer algo en este erial, fluctúo, sí, y a veces soy partícula que interacciona y se va a la deriva de sí mismo, como materia oscura que posee toda la energía pero que no fluye, pues en mí se eclipsa, me enroco, me hundo en mí mismo, y es cuando descubro ese mundo, y me habla de algo más allá de todo lo que había soñado, la energía no quiere fluir, mi cabeza lo impide, pero ella está ahí, revolviendo cacharros en la cocina, enseñándome el tatuaje de su culo, el tanga, al agacharse, sus tetas libres colgando por el escote del pijama, su mirada lasciva, con toda la sabiduría de oriente, la que sólo se transmite a los iniciados, a los que ingresan en su foro, y la energía quiere fluir en mí, intento reprimir el empalme, en mi cabeza retumban sus sollozos, me acaba de llamar, su madre que llora, su padre que la encierra en casa, y van varios años, el padre que pide dinero, ella que no cuadra en el trabajo, por ello me enroco, pues todo fluye hacia mí, y en mí se queda, se atasca, soy una ciénaga que ya no se hace preguntas, pero sus ojos me dicen que tiene todas las respuestas, y me mira la entrepierna, por debajo de la mesa de la cocina, y sé que su coño palpita pegajoso, se despereza, y quiere transmitirme su sabiduria, deletreando las palabras atascadas en mi polla,

y-o-t-e-q-u-i-t-o-l-a-s-l-e-g-a-ñ-a-s

que bascula, se revuelve, intentando salir de un mundo de leyendas, la lefa que se pudre sin sentido, en mí, no lo encontraba, y no quería ver que lo que tenía delante era una ilusión, la que siempre perdí, en sus ojos, los que me querían hacer partícipe del infinito, ahora sí, quitarme de encima la locura, ya no la buscaba, suyo era el poder de todo lo que en mí se atascaba, demasiadas cuentas pendientes, y la mía conmigo mismo sin resolver, por ello intentaba escribir, pero mis palabras emborronaban el papel, y de los borrones surgían las imágenes oníricas, las que me podrían llevar al diván de un psicoanalista, cojones, su culo delante, ni diván ni hostias, sólo existe un borrón, ahora, borrón necesario, me levanto, no disimulo el empalme, ella agarra una botella de aceite de oliva virgen extra, el paraíso, me sonríe, se oye un portazo, la voz de la patrona, echa un chorrito sobre una mazorca de maiz, entra la patrona en la cocina, la muerde mirándome a los ojos, y todo en mí fluctúa, soy una onda que todo lo invade, millones de partículas que se atascan en mis huevos, y me apago, el cortocircuito está hecho, todo se me viene abajo, suena el móvil…

más lágrimas para mi ciénaga

todo oscila, aunque no queda nada en ti del pasado, sólo una presión social, y te la adjudicas, un sentimiento de culpabilidad, como casi todo, por la puta cara, siempre lo más pernicioso, hoy lo sabes, para ti, y nada por detrás, sólo sombras que te descolocan, y oscila, allí, delante de tus ojos, el péndulo oscila, no se queda quieto, el hijoputa te ahoga en cada vaivén, lo sientes en el pecho, no sabes qué hostias haces aquí, no se ve ni un reflejo, sólo sientes un viento gélido en tu cabeza, nada a qué asirte para saltar, todo fluctúa, las decisiones no tomadas, las sombras de una resaca sin luces, cuesta desgajarse de uno mismo, es más fácil dejarse llevar, pero duele, lo sabes, ya lo sabes, salir de los algodones donde te adobas, empapados en alcohol, nada crece, sólo te pudres, eso es lo único claro, nada más, tenía que asumir responsabilidades, ya me valía, desastre, desastre, lo decía su mirada, la que me envolvía y me ahogaba, duele, nos ha jodido que duele, pero duele más cuando sabes que te equivocas, ahí nace el miedo, la cagaste, el que te abduce, y no lo puedes burlar, hoy lo sé,  aunque no quise verlo, estaba en sus ojos, en su cuerpo de líneas rectas, en la montaña eran todo espirales, pero hoy, aquí, todo es velocidad en sus ojos, los ceros sin valor se suceden, la sensación del vacío, el absoluto, allí desapareces, te bloquea, sin escapatoria, algo te dice que te najes a la mar, que aquello, en ese momento, no era para mí, tenía que haber dado la vuelta, hecho caso a ese Instinto que en mí nació en la montaña, pero no… el péndulo pasó delante de mis ojos, se transmutó en una lista, allí no entra el Instinto, me pasé varios años intentando destruirlo, relegándome al espacio vacío en su agenda, pues tenía que pagar, yo no tenía razón de ser, necesitaba la cuadratura, la chota se me iba, instaurar el fascismo de las reglas, o la disolución, no me dignaba a protestar, a tener mi propio terreno en una lista, tenía que tragar, porque no me gustaba, había perdido a demasiada gente en el camino, tenía que cambiar, necesitaba disciplina, callar, ya había tenido demasiadas oportunidades y siempre la había cagado, por no apostar por mí, nunca creí en mí, simplemente me dejaba llevar, en las callejas es más fácil despistar, perderte… ahora no, todo era distinto, me dejé decorar por aquellos para los que yo era una carga, no aposté por mí, me puse un cilicio, descubrí mis espaldas… y apareció alguien que me ahostió por la puta cara, es así, aunque ya lo sabía, allí, de pie, en esa estación… donde ya no existen los espacios en blanco a rellenar, sólo plazos que cumplir…

- ¡Vamos!

… de los que tenía que haber huido, es lo primero, aunque vengas huyendo, huir, de mí, pero hacia mí, sin más peros, pues sabes lo que te espera, es la sentencia, otra vez sin juicio, no existe el juego, ni ala de sombrero que tocar, cuando nada queda, hasta aquí he llegado, que apostar, la fría y oscura noche entre la niebla, y desaparecer, ante su cara que corta el viento, ese del aire acondicionado, el que levantan las letras que caen en los letreros, la voz impersonal, todo impersonal, las poses, demasiado aerodinámica, sus gestos, el gran esfuerzo que ha hecho por venir a recibirme, y lleva la lista en la mano, ya era su mano, fundida a ella, como papa que bendice a izquierda y derecha, la izquierda siempre son los contras, a la derecha los pros, y su mano que me apunta oscilando, siempre, entre los pros y los contras, lo positivo y lo negativo de sus quehaceres, pasa por encima de mí, la mano, soy un espacio en blanco, no me define, nunca lo hizo, eso me sienta bien, soy ese espacio entre lo definido y lo tachado, oscilo mientras su mano oscila, sin ningún límite que lo demarque, ora hacia los pros, ora hacia el abismo insondable del borrón, un hueco en ningún sitio, mi vacío oscilando en su papel, examinándome, sin preguntarme, ni una puta vez, si quería estar en algún sitio en su lista, y no, no quería, y no sólo en lo pendiente, su dedo pendía delante de mí, o eso que era la luz de un sol que dibujaba, alrededor de la palabra, o la oscuridad de un tachado, huir, pero no del borrón, sí de mi cara de loco suicida, ese siempre viene conmigo, el borrón, no el gesto histriónico que nadie, y menos ella, entendió jamás, la sonrisa que no disimula la verdad, no te preocupes por mí, venga, vete a currar, ya me busco la vida, siempre ha sido así, sí, pero no por no molestar, no, necesito tiempo, situarme, asimilar los detalles, construirme un escenario, no un mapa, para seguir huyendo, pero ya nada se estaba quieto, el traqueteo del tren todavía en mi espalda, los recuerdos, soy un puto nostálgico, arrancados de cuajo, ya no eres nadie, piensas, con esa sonrisa estúpida en la cara, la que se pone al carraspear, al intentar tragar el gargajo, ese que se dulcifica, al menos en su estética, si alguna vez aflora como lágrima, pero que en mí se queda ahí, ni sube ni baja, sigo con esa sensación, todo se atasca en mi garganta, allí, en esa estación del norte donde nadie llega, todos se van de sí mismos, de pie, su mirada que dice que perdemos el tren hacia tres cantos, las piedras que cuento, una y otra vez, vamos, vamos, lo que son mis cantos, mi Blues de Luz Azul, lo que ni callé ni asumí, simplemente se quedó atascado, como ese pelo que, en su deriva, rebota y rebota, grabada en sus pupilas la última imagen, el brillo de la tijera que lo cercena, la luz que lo extirpa, tiene la suerte que no busca, la mala suerte en su pirueta, de caer en un poro abierto del que lo saja y allí se injerta, otra barra de bar donde beber en silencio, otra sangre que mata y alimenta, en el silencio de no estar en ningún sitio, ni en ti mismo, allí, de pie, atascado de recuerdos que se caían, todos en tropel, sin levantar viento, aun cuando generaban tormentas, pero no para crecer, sólo canta y espera la pinza que lo arranque, espera disimulando el tiempo, y lo lance otra vez, todos en mis pies, sin una escoba para recogerlos, la que busca el pelo en su deriva, acabar con esto de una puta vez, pues me destruye, en el silencio, la huida hacia delante, el paso que no quieres dar, pero ya te sabes sin regreso, y das el paso que te desgaja de ti, buscas un grito pero todo se atasca, todo queda pendiente, sin resolver, todos a mis pies, en ese espacio en blanco, sin sombra, sin el Instinto que en mí se crió en la montaña, dos años de silencio, todos, esperando el sonido de la prensa, lo intuía, se oye muy bien, si en algún momento paras, sales de la fila, de las colas que entran, sólo entran, pues lo que era una cuenta pendiente con la vida, ahora, que ves a tus pies todos los recuerdos, sin nada, sin amigos, sólo ella transmutada en un lista, donde todo oscila…

- que ya voy, cojones

… menos yo





a través de la rendija, por ahí se escapa el humo, también mi mirada de tormenta, hacia los rayos en las torres que tengo enfrente, salen de las ventanas, parece que sueldan con electrodos en cada casa, en cada piso, las pocas neuronas que nos quedan, la televisión las cuece, nos deslumbra y ciega, explosión tras explosión, cada vez más deprisa, el cambio de imagen, genera ansiedad, otra imagen, otra más, parece una traca de petardos, estallan en la mente, por eso respiro humo, exhalo sólo humo, no hay estrellas, las luces se rompen en la niebla, a través de la rendija, nace de mí la puta niebla, se integra en la corriente, desaparece por la rendija de la ventana, y yo allí de pie, sintiendo cómo tira de mí algo, el paso en el aire,

- vamos

, viendo la marea de gente, parecen cortocircuitos, meras imágenes que cambian rápidamente, espermatozoides confundidos arrastrados por la corriente, conjunto aerodinámico que se desliza, partes caóticas que estallan, acelerados, ansiosos, como el humo que sale de mi boca, se lo lleva la corriente mientras me veo allí, varado en un cruce de caminos, y ella gesticulando, con esa mirada fría que en cada pestañeo suelta ceros a la izquierda, entro en el humo, lo disecciono, es cuando la veo, la telaraña, es casi transparente, cuando das el primer paso te atrapa, ahora lo sé, ahora sé cuál fue el veneno que me paralizó en la corriente, la sensación de que todo se destruye, se resquebraja, todo, lo que queda, pues ahora sé que he dejado todo lo que he tenido en cada momento, hasta perder, ciertas veces, el lastre de mí mismo, y por eso, porque me deshacía, puede que no haya estado nunca en un mismo sitio, ni aún ahora que busco algún trozo de mí en la memoria, pues he visto a mucha peña que son mojones en el camino, son puntos kilométricos, sólo informan y todo pasa de largo, quizá sueñan con la carretera, pero viven al borde aunque seguros aunque el arcén les frustra, permanecen enteros y seguros, quizá ganan algo de peso con el tiempo, no sé, las cagadas de los pájaros, no lo sé, sólo sé que yo era como un todo al que le faltaban trozos, intentando avanzar, deshaciéndome a cada paso, dejando de mí el polvo que otro apisonará para hacer camino, lo mismo me pasaba con las mujeres, en todas ellas dejaba de mí sólo el polvo, no es un chiste fácil, me deshacía para rehacerme con otra, pero siempre perdía algo de mí en el silencio entre ellas, en ellas, pues ellas se hacían mientras yo me despedazaba, desprendiéndome de mis aditamentos, con la única solución de continuidad que da la inercia, rebotando de coño en coño, por eso me paré entre la niebla en la montaña, porque me alimentaba de la bayas del camino que decía Kayyan, y tenían veneno, eran portadoras de mi veneno,

- vamos

, ese que ahora regurgito, porque no lo asimilo, todavía no, por eso escribo esto, aquí, mirando el humo que se escapa por la rendija de esta buhardilla, donde aún me pregunto qué hacia allí, con ella, por qué dejé varios trabajos y siempre marché sin dinero, ni paro, ni nada, por qué avancé hacia algo en lo que no creía, qué esperaba encontrar de mí mismo si tenía el alma leprosa, cayéndose a cachos, quizá eso, acabar de deshacerme, o porque de ella, la que me instaba a moverme, sólo me interesaba su aspecto espiritual, ese que comenzaba a subastar, aunque nunca lo poseyó, pues el humo ya sólo es la ficción del fuego, como las imágenes que me vienen a la mente, mirando el cortocircuito de nuestro adocenamiento, el humo que se lleva mi mirada, hasta que queda atrapada en la telaraña, hoy lo sé, pues ya me deshice del todo,

- vamos

, por qué avancé, como un acto en cortocircuito, sin conciencia, por ello, porque ya no estaba, porque me así a la telaraña…

porque la araña me dijo:

- vamos

Porque, quizá, alguna vez recorrí calles solitarias que me llevaron a parajes desolados, montañas horadadas y vacías…

Porque perdido de todos, para todos y sus intereses, busqué en mí la culpabilidad, la disidencia de mí mismo, hasta perderme recorriendo esas calles donde las esquinas te rechazan, perdido de mí, allí donde sólo encontré restos, luces rotas, ilusiones que no nacieron, se pudrieron en callejas truncadas, sin ver luz, donde se escuchan sólo ecos, los ecos de los extremos, habitan en mí, los conozco, noche tras noche escucho el retumbar de su avance, vienen a mí en la oscuridad de calles que son paredones, las calles de mi alma, en donde palpo los desconchones de las balas que tantas partes de mí, asesinadas, no se llevaron, y allí me acurruco y tiemblo, esperando que esta vez no me encuentren, pues ya no queda nada en mí, y marchen y mueran con la noche que muere en silencio, y levantarme entre los restos de mis cadáveres, para llegar al revés a ninguna parte en mí,

cerrar los ojos cuando los demás reclaman luz,

y soñar con las ausencias, con todas y cada una de las ausencias que conforman mi presente, sintiendo que sin ellas no sería lo que hoy soy, lo que no era de aquellas, allí, de pie, despertando entre luces artificiales, mirando, embelesado, a una máquina que remueve un granizado de hielo, parece la niebla, se ondula igual que ésta cuando bajaba de las cumbres, niebla espesa, húmeda, cristales que roban la luz del que la mira, niebla de tormenta entre las calles, simétricas, de mi cerebro, por allí aparece su eco, como viento gélido que te barre cuando ya sólo eres escamas, sin nada de ti que te sustente, ya nada, el viento en la calle del medio, sin esquinas, que te barre porque ya todo en ti es vacío,

- vamos

perdida tu mirada hacia dentro, en ese espejo negro en el que, después de un rato, te reconoces, a veces un largo rato, cuando has lavado los falsos colores que te cegaron y engañaron, a veces, sólo a veces, te reconoces en la oscuridad, entre los extremos de tu mente, allí donde habitan las luces, entre ellas caminas en la sombra, das consistencia a los perfiles, como el agua que justifica las riberas, las imágenes se estriegan en tu cerebro, la suciedad fluye entre los surcos, se apantana en tus ojos, allí diseccionas las imágenes, intentas reconstruir un tiempo en el que nada brilló, ni las ausencias, pues si hubo un destello no fue observado, yo no estaba en esos colores artificiales arrancados, de donde extraigo estas imágenes, pero aún así me busco en ellos,

- vamos

porque ellos tiñeron mi ausencia, en ellos se sublima lo que soy, una tintura de Blues, la que mancha estos folios cuando se desborda algo en mis ojos, filtrando, recogiendo del poso piedras y luces rotas, restos,

- vamos

los restos de mis cadáveres en mi ausencia



una de esas mañanas en las que no merece la pena hacer algo, sólo dejar que resbale el tedio por los laterales de tu cabeza, aplaste tus hombros, se derive hacia la cama inundada de sueños, los que campan por los medios de tu mente, compitiendo con las imágenes de la noche anterior, haciendo del despertar un algo abortado, como la voz en tu garganta seca, el vómito que es péndulo donde tu mente fluctúa entre los mundos, ya virtuales, de los recuerdos y de los sueños…


son esos momentos los que aprovechaba para adoctrinarte, para decirte que todo lo elegiste tú, que ese péndulo al que te aferras, que oscila entre la autodestrucción y los sueños, entre las pesadillas de tus noches alcohólicas y las pesadillas de un mundo de seres castrados que divierten su muerte jugando a vivir…


- Tú lo elegiste


puedes creerte todo, o no creerte nada y creértelo, hacer de tu vida un cúmulo de caídas, rebotes, bifurcaciones, escondido, siempre al acecho como un virus entre los despojos de ti mismo, buscando un terreno para olvidarlo, ese terreno de la mente en el que intuyes, sigues dormido, imágenes en las que no estás seguro de ser tú el protagonista, se engarzan con los sueños, no puedes permitirte ya ciertas cosas, piensas, o lo escuchas, es el tono, la voz, o te pierdes por la avenida de los sueños, allí todo resbala, como una mano por una tripa desnuda que llama al picaporte del ombligo, que quiere regresar y elegir si sale del mundo de los sueños, de las noches del alcohol


- tienes un peligro que ni tú mismo lo sabes- te dice una voz en la noche


- follarte debe ser como lavarse la polla en un manantial, sentir en cada gota de tus fluidos la Alquimia de la Naturaleza, el frescor del río del olvido que ya no resbala por los laterales de tu cabeza en esta mañana vacía de ti mismo, de ella, de todo, aún hoy la busco, aún desciendo a los infiernos de todas las religiones y en ellos veo el culo de la francesa, lo quiero, no deseo otra otra sino perderme entre los alambiques de su espalda, recorrer los arabescos del tatuaje, y entrar y salir para descansar un poco y volver a entrar, olvidarme de este puto despertar, aprehender el lenguaje más antiguo, olvidar, olvidar todos estos putos días, las noches llenas de mentiras pagadas, la deriva, la minuta de las putas por donde fluye el semen de las vidas frustradas, las que sí elegí contar, historias que hablan de seres humanos, cara a cara con sus vidas, intentando negociar con la muerte todos los días, segundo tras segundo, pero no, ella no entiende que mis noches de borrachera son una huida que me devuelve al principio, a la nada, a la impotencia de dar un paso, a ella, a la frustración de querer decirle algo, y sentir que sus lágrimas compran el silencio que te pudre por dentro, por ello huyes y pasas de largo la puerta en la que quieres entrar, se lo quieres decir, se lo tienes que decir, que no eres feliz, que no puedes seguir luchando con su indiferencia, su frialdad, que necesitas sentir que ha servido para algo tantas privaciones, tanta soledad, que la necesitas a ella, su cuerpo, acariciar su espalda, sentir su culo en tu mano, su barbilla en tu pecho, pero que no aguantas más viéndola caer otra vez en las redes de la secta, haciendo de sus supuestas alas un capullo donde se envolvía, día tras día, a gestar su locura, haciéndote sentir culpable por desear que la vida entrase en ella, a contracorriente de sus lágrimas, en esos ojos en los que un día viste un reflejo, y que hoy son sólo una historia más, una de las muchas que te cuentan las putas a las que pagas por acariciar su espalda, por sentir sus pechos en el costado unos minutos, aferrado al péndulo que, en su oscilar, va tirando a tierra todos los recuerdos, uno a uno, que un día fueron sueños y hoy se pierden entre la niebla de polvo en su caída,


- tú lo elegiste…

sí, mi amor, yo te elegí entre la niebla, elegí cargar con tus miedos, comerme tu mierda, intentar hacer de ti un ser vivo, por encima de todo, de mí mismo quizá, anteponerte a mis necesidades, sí, puede que antes de nacer pactase un destino sin dirección, sin rumbo, que todo lo que escribo ya esté escrito, no sé, debía ser la letra pequeña del contrato, esa que nunca se lee, sobre todo cuando no se sabe leer, o no se ha recordado aún el saber leer, ya sé que te jactabas de leer mi mente, de fagocitar mis fuerzas, por ello me siento estafado, amor, por una noche más a la deriva, por los pechos que toco, los que pago por tocar, perdido, entre la calima de las drogas, en yacijas donde graban la impotencia de no poder correrme, pues guardo a todos mis ángeles en los cojones, amor, esperando encontrarme cara a cara con la otra parte, la que me vendió una vida contigo, y correrme en su cara, que recuerde el sabor de las frustraciones, la pequeña letra que guardo, soy celoso de mis palabras, en la caja fuerte de mis cojones, y así recuperar mi vida, amor, sin mentiras encubiertas en lágrimas, sin la tensión de vivir un parto sin cesárea a cada paso contigo, sin sentir el desgarro del alba en mi polla, la vida que se escapa, la que salí a buscar aquella noche por malasaña, harto de ser castrado física y moralmente, después de no sentir nada entre mis piernas durante un mes, suma y sigue, suma la tensión que nace por los medios de la mente, allí por donde los sueños campan, los que da por tierra el péndulo al que me aferro, imágenes que van mellando tu resistencia, y sigue con la francesa que busca, ataca, me busca, se exhibe al salir del baño, me enseña sus tetas mientras cenamos congelados, amor, y yo te miro y sólo veo tus lágrimas que me echan la culpa de no estar bien, de no querer ver la luz, la energía que nacería de la inmolación de mi polla ahora exangüe, y yo luchando por no sentir nada, pues nada quedaba ya entre mis piernas, sólo unos puntos suspensos que tiran, duelen, amor, como el miembro amputado en el cerebro que se engaña, la vista que oscila entre sus tetas y tus ojos, que se pierde y busca puerta, y escapa, pero no a otra dimensión, allí donde los ángeles os debéis masturbar en el silencio, como sacrificio ante vuestro jefe, y llorando, cómo no, amor, las lágrimas que no elegí, como no elegí a aquella niña que me rescató de la barra de un garito, que me subió a un piso oscuro y me folló, me folló con ganas, y me quitó los puntos de la polla, la letra pequeña del pacto con el diablo, de una lamida…


… y me descontó unos talegos por no poder correrme sobre el tatuaje de su culo…


a veces, nada fluye



puedes buscar una respuesta, aun cuando hayas olvidado formular la pregunta, o no la recuerdes, pero puedes buscarla, de hecho la buscas entre las cabezas gachas de la incomunicación, las que rumian una serie de acontecimientos concatenados que hasta aquí les ha traído, entre las cabezas abiertas, grapadas por las manos de los que perdieron un pueblo, un barrio, un referente, un sentido al pasado del que huyeron, atraídos por la promesa de trabajo, de modernidad, una vida digna, dinero, la credencial del que puede acceder a ser algo, alguien en esta ciudad de espejos confrontados, de laberintos solitarios, ese paraíso de reflejos virtuales, de prisas, quítate del medio, que dejes paso, ahí te quedas, ya no eres apto para la gran ciudad, te han quemado sin darte cuenta, y van cayendo por los aledaños como lo que son: ceniza de un fuego fatuo, humo sin tierra, sin raíces, sin amigos presentes que desvíen los pensamientos que oscilan hacia la cercana morgue, la respuesta que busca la cabeza gacha del que se sabe engañado, del que mantiene el engaño pues ya no le queda más, sólo la mentira en el dolor, lo único real, siempre esperando a que cambien las cosas, a que te lleven, te traigan, muriendo en cada atasco desgañitando las prisas en tu garganta, reyes de los atajos, los que te han llevado hasta urgencias, los mismos que harán en tu corazón, tus intestinos, tu sexo, los atajos de tu cabeza, los de los neones, los créditos, los atajos que te han servido en bandeja para que te engañes, para que tus nietos conozcan la nieve en un centro comercial, los sueños con etiqueta magnética, la consulta colapsada de salud mental, las mutaciones de las alergias, el paraíso virtual de disney, los atajos a una educación que no pudiste darles, la delegación de tu vida a un reflejo, el que ya no vislumbras, no existe en tu interior, allí donde buscas una respuesta y sólo escuchas el murmullo de lo que se pudre, pues la muerte bulle entre los bancos de Urgencias, entre los asientos de los trenes, metros, autobuses, coches que buscan con ansiedad el atajo, la velocidad en una pregunta que, sin empezar a ser formulada, hace tiempo ya que espera  respuesta, y te reporta a un vacío, sin raíces, donde sólo ves el paso que diste y el que te va a aplastar, perdida tu vida en los atajos de las prisas, sin camino, sin nada que te puedas llevar, que se pare a consolarte, algo que te recuerde, algo más que una lápida de plástico en un nicho vertical pegada con silicona, en la Almudena, la ciudad donde los muertos tienen prisa, donde se escuchan las preguntas que no tienen una respuesta, la que ahora buscan, la misma que empezaba a buscar yo a la puerta de Urgencias, sin saber que la respuesta era yo, y otro yo era otra respuesta, y así todas las cabezas gachas, las que nunca tuvieron tiempo para formularse una pregunta, la misma pregunta para todos, la que tiene demasiadas respuestas, tantas como caminos truncados por atajos, los caminos que no se han vivido, perdidos en las apariencias de la gran ciudad, demasiadas respuestas sin pregunta, demasiadas vidas truncadas sin ver el camino, como mi polla tiesa ante un altar, o mi polla exangüe ante un mostrador de hospital, sintiendo la sangre seca que tira, apartando la mirada de las transparencias de las enfermeras, sintiendo nada, nada en medio, tan sólo la locura, la velocidad, los miedos, la inútil espera del cambio, la exterminación de los sueños, en medio de nada, sin lugar en tu cabeza donde escapar, sin una fe, sin ningún apoyo, mirando hacia el cielo como hilo roto de comunicación divina, ahora sí, ahora lo sabes, nada tiene sentido, las circunstancias son miles pero es una, sólo una, la que define un momento en el que no sabes decir que no, que no encuentras el fundamento de tanta soledad, que no quieres más lágrimas, ni más guerras extraterrestres, ni dioses ni altares, que la quieres con las bragas remendadas y pasadas y sucias y no con sucedáneos de tanga que siempre van a llevar tu pensamiento hacia la francesa, lo tienes que decir, pero ya su boca está lacerando ese hilo roto donde no existe ni dios ni razón, y buscas una respuesta entre sus gemidos amplificados, ahora lo sabes, lo ves en sus ojos que sí atraviesan la pared, mira a la francesa, lo está haciendo por ella, tú eres un peón que se sacrifica, una parte del decorado de la guerra de los hongos, sus gemidos sí atraviesan la pared, no tu polla que muere entre sus dientes, quiere que grites, que reces, que implores perdón, pero callas y escudriñas el vacío de donde nace la niebla en tu cabeza, donde habita el ogro que come, es como una muerte cierta, aprendes a no esperar nada, pierdes la noción de los detalles, la visión de las cosas pequeñas, caprichos, objetivos que hacen que tu vida avance, la vida, sí, no la cama, mi cabeza, mis puños cerrados dándose de hostias contra la pared: mata el grito, asómate al precipicio de la locura, que algún santo le meta un cirio negro por el culo, que abra la boca, su cabeza debe tener línea directa con el cielo, debe ser la continuación del hilo roto, ahora sí, de mi polla, pues la abre, se abre, y respiro, pero ahora siento la fricción de su coño, la presión de su cuerpo que me aplasta la polla contra la tripa, cerrando el círculo, la solución a la aporía alquímica, intentando conjugar instinto y vida interior, follándome a mí mismo, buscando el camino del primer alimento, el que está a punto de manar entre su tanga áspero, y grita, se corre, me lacera el pecho, y de mí nace el sonido de un tambor tribal que surge de la caverna, de las profundidades de la tierra, y tiemblo y ella redobla y abro la boca, me corro y escucho el sonido de una cuerda de guitarra que se rompe, pienso que de una puta vez se ha jodido el hilo de la comunicación y la agarro de los pelos y tiro con saña y vuelvo a sentir sus dientes que comen y quiero que lo haga, que reboze su hocico en mí y se sacie… pero todo se difumina, y siento el peso de la derrota, la humedad de mi esperma entre los muslos, su peso, abro los ojos, el peso de su sonrisa, su boca desteñida, su boca que se abre, que modula una frase:


- Soy un ángel


y vuelca sobre mí sus palabras como quien vomita sangre, la sangre que fluye de su boca y le resbala entre las tetas, sangre con los brillos de la lefa que se cuelga de sus pezones


- Soy un ángel


pero yo no siento nada, ni tan siquiera cuando mi polla, morcillona, cabecea y un hilo de sangre aterriza entre mis ojos


- un ángel


se incorpora, busca una toalla, me separa, me levanta de la cama… y veo cómo un ángel teñido de rojo intenta evitar con sus alas de toalla que mi sangre traspase las sábanas y manche el colchón…


- Soy un ángel… – y tengo hongos, añado


… y allí nace la niebla, poco a poco surge de los borrones de sangre, entra por tus ojos, y sientes en tu cabeza un vacío, y te sabes ya en ese territorio donde nada es tangible, ni la espera, ni la ilusión… ya nada, ni tan siquiera una respuesta que no sé darle a la enfermera en Urgencias, pues tener una dirección implica tener un camino, encontrarle un sentido a las cosas, por lo menos a algunas, algo a lo que agarrarte cuando todo zozobra, un fundamento, una raíz a la que asirte, una puta respuesta:


- Tengo demasiadas direcciones en mi cabeza…


- Sin dirección, entonces…


- Sea así…


- ¿Motivo?


Puedes contar la verdad, pero siempre será un puto eufemismo, nunca podrás saber qué líneas rotas derivan en ese momento en el que todo rompe, ese que ya es tu verdad, que tiñe el lavabo de sangre y empapa toallas a las que te aferras, haciendo de ellas banderas de un sol que agoniza, es un segundo, un puto segundo en el que tu mano busca algo a lo que asirse y encuentra sólo aire, y sientes la tentación de decorar ese vacío, por ser objetivo, por reconocer la evidencia, hacerla tuya, poder aferrarte a una línea que ya no existe, esa puta línea que me devuelva alguna ilusión, esa línea de luz que desde la habitación de la francesita me pregunta si estoy bien, la única verdad, el único motivo por el que escribo esto, por ver alguna luz entre las Sombras que me legó un ángel caído sobre mis cojones, porque todo ha de tener un motivo para entenderlo, racionalizarlo, poder matarlo, poder darle un sentido a lo que queda, un sentido sin dirección, pues no existe si arriba es igual que abajo, porque abajo pierdo y de arriba me perdí, dando vueltas, cabezazos en la derrota, sin rumbo, a la deriva, ya sin nada, sin una respuesta a ninguna pregunta sobre el mostrador de Urgencias:


- Se me ha rasgado el frenillo como resultado de una actividad sexual normal


(con un ángel con hongos)

- Dirección

el hombre empalmado sobre una piltra busca el cielo, pero nunca llegará a él pues le ha sido truncado en su sentido, y siempre pierde la dirección, aunque acalle a la Razón, y el Instinto juegue a buscar el cielo, es así, y es cuando siente que surge de él una enredadera, fruto de las alubias, por donde asciende el alimento del ogro del Instinto, por ello oscila, como oscilaba yo ante el altar-mostrador de Urgencias, porque del cielo caes a tierra en un segundo, un puto segundo en el que no sabes dónde estás, pero sí dónde has estado, lo has visto, sus fauces, los ojos de la locura, por ello buscas tierra, te vuelves a tierra, un vez rota la línea directa del cielo en una boca, para buscar un pedazo de paraíso aquí, donde todo es artificial, donde se rompen los hilos, donde la polla tiesa oscila, sabe la dirección pero pierde el sentido de las cosas, aún así, intuye que es una erección forzada, una erección que viola los recuerdos, el hambre, la soledad de una erección sin causa aparente, o cuya causa, decía ella, era de otro mundo, otro mundo, el mundo del ogro entre los algodones de las nubes, busca, busca, haz alquimia prostática, erección, pero muere en la boca que te muerde y miente, que te mata y miente, y sueña tu muerte, pues tú, erección no buscada, forzada ante Dios, ante un altar de cirios negros, sólo buscas tierra, cemento, ladrillos que romper para atravesarla, atravesar la pared, el tanga, el culo de la francesa… sin sentido, pero no el que quita los rezos, las amenazas, sus dientes de sable que te laceran y aprietan y te desgarran, erección, que sientes que mueres por callar ante el altar, que no quieres morir sin hablar, sin gritar que sigues siendo libre en las fauces del ogro, en la prisión de sus dientes, arriba, abajo, la tortura de sus ojos de loca, tu pierna derecha amasada por su coño seco, la determinación del que oficia el sacrificio, todos sus actos eran sacrificios, lloros, como lloras tú, erección, en comunión con el pelo sacrificado que, en la deriva, recala en un manicomio, las frustraciones del dejarse llevar, la deriva que no blanquea su oscuridad, nada más, otro puerto, otra garganta profunda, otra boca que te mate, erección, llora, llora las cenizas de la que una vez anhelaste y murió al atravesar las cavernas de tu silencio, llora y muere, muere ya, y vete, que ascienda a su cielo de cirios negros y se pudra, ¿qué haces? ¿por qué no actúas? pasa de las penas, de los lloros, de mil cabeceos frustrados, deja los ficticios cielos, bájate a la mora francesita y come la tierra, sé gusano en el humus de su culo, sé vida en la vida y no en la muerte entre sus dientes, no, no… haz de ella un aroma y fuma, fuma tú, erección…

- ¿Dirección?


todo mostrador es como un altar donde alguien espera tu confesión, alguien que sólo conoce la mierda de los demás, hierático, acostumbrado a los datos, a minimizar los problemas de los que ante él acuden, transcribirlos con gesto frío, ajeno a las lágrimas, a los gritos, al dolor, al silencio del que sufre la espera antes de ser llamado a la congregación,


-Nombre

y sueltas la letanía, recitas tus datos como en una oración, reclamas tu terreno, la llave de entrada al reconocimiento, esperas el pestañeo de la pantalla, la interpretación del gurú que te diga que eres apto en el dolor, que figuras en la lista del cielo virtual, y serás escuchado, restañarán tus heridas, eso prometen, pero tienes que ser adepto, conocer las jerarquías, a alguien en ellas para que desciendan de sus sueños de dioses en el limbo de las guardias, y seguir rezando para que no te destrocen los neófitos, a los que donas tu sangre como óbolo para sus prácticas, la transmutan en su pan, sobre un altar iluminado con dos velas negras, donde sólo figuras como un escalón más para su ascenso, para poder dormir en un parnaso de orden, su orden, para ello tienes que integrarte, asumir que eres un novicio, que la vida es una orden en la que únicamente se puede aspirar a tener un cierto grado de conocimiento al morir, para ello has de ser iniciado, asumir que vives en la oscuridad, que eres un mierda en la lista de espera de los que van a ser purificados, si has logrado figurar en ella, su lista, esa que siempre reclama una donación para poder escucharte, cumplir un protocolo donde tu nombre se transmuta en un número, número que decodifica una historia de caídas, de rezos ante un altar, pues todo altar te exige un sacrificio, toda iniciación te exige un sacrificio, aunque tú no la busques, aunque no interese cómo has llegado allí, no importa, has de despojarte del pasado, quitarte aditamentos, sentir cómo te podan, te desnudan, te sacrifican,

- Su nombre

es un segundo de duda en el que sientes la tensión, la sangre seca que tira, el vacío en tu cabeza, la pérdida de datos, el no poder reestructurar un pasado, enumerar los pasos que hasta allí te han llevado, las vueltas que ha dado el pelo cercenado en su deriva, en el que sientes el rumor de la escoba que barre, y te engañas, pues no pasa nada, nada ha pasado, sigues buscando esa imagen en la que perderte, aislarte, seguir la historia por otro sitio, otra luz, otro hilo que, en la mentira, te saque de esto que no sientes como real, pues eres como un espectador al que han forzado a subir al escenario, no pasa nada, volverás a la butaca, desangrado, pero volverás, aunque el miedo no te lo quite nadie, es así, por ello vas a tantos sitios a los que no deberías ni acercarte, lo reconoces, es el miedo a quedarte atrás, a la soledad perpetua en una ciudad donde todos se amontonan y juegan a huirse, donde la ficción se va conformando como lo único real que conocen, donde el que no engaña y se engaña, no sobrevive, donde los novicios caminamos con ese miedo en los ojos, el mismo que se ha de transmutar en la seguridad de la mirada del que tira la toalla, cuando ya lo has perdido todo, hasta ese miedo que te mantenía con vida, ya eres apto para el sacrificio, has purgado tu instinto, te han mareado llevado y traído, te creen dócil, por ello estás ante el altar, por todo ello has de rezar, ofrecer lo único que te queda, tu nombre, y asumir que vas a ser sacrificado, aunque no te creas los engaños, aunque, en el fondo, sepas que lo que te ha llevado hasta allí, y esa es tu pequeña venganza, tu última rebeldía, es la admiración del suicidio, del tuyo, del de una sociedad que dimensiona la locura, la retribuye, la promociona, como ella me quería promocionar en el escalafón de su cielo, para ello debía rezar, para ascender a otra realidad, otra dimensión que sería mía, pues yo era el elegido, su elegido, y ese era un día que recordaría muchos años después, en eso llevaba razón, la única razón que brillaba en sus ojos cuando me tiró sobre la cama, me desnudó, ya me tenía sobre el altar, fue cuando comprendí, un instante, sólo un instante, el porqué de sus rezos…

pues, ante un altar, si quieres conseguir un fin… rezas:

- ¿Nombre?

en el acto sexual el ser humano pierde la nominalidad, y renace la animalidad, así debería ser, es quizá lo único que todavía nos ata a la naturaleza, que nos hace sentirnos parte de ella, integrarnos en sus ciclos, pues el instinto no tiene nombre, aunque sí fecha, pues la mujer organiza, posee la medida del tiempo, el diapasón de la vida donde el hombre se afina, se normaliza, quizá empieza a pensar en trascender, pero son todo putas leyendas, sobre todo con mi compañera, sus extraños ciclos cosmogónicos, que llevaban a la agonía mi sexualidad, verificada día a día en la tensión que me atenazaba, en los problemas de insomnio, de estómago, cada día más regulares, no así ella, que perdía regla tras regla por distintos motivos, decían que nervios, ovarios poliquísticos, trastornos psicosomáticos, algo que se arreglaría con una vida sexual activa, normal, pero lo normal no entraba en su perfecta planificación, necesitaba disfrazarlo, buscar una excusa divina para echar un polvo, no podía reconocer que me estaba perdiendo, que respondía a todo lo previsto, que si estaba allí de pie, quitándose el camisón de su bisabuela, comido por las polillas allí donde no se usó, era por una guerra particular contra la francesita mora, guerra que no era de celos, pues era evidente, aunque yo no lo veía, que de mí prescindía, no entraba en su agenda, a no ser que me reconvirtiese, que me afinase con el extraño diapasón de la secta de la que decía huir, pero he sido educado en un colegio católico, donde me enseñaron que en cielo no se folla, y recuerdo a un cura diciendo que, cada vez que cometes un pecado, un hilo de tu conexión con el cielo se rompe, y allí estaba yo, pendiente de un hilo de la conexión divina en su culo, el que me enseñaba, o más bien dos, uno de la conexión divina surgida del reflejo de la conexión terrenal, la pecaminosa, de la que nació la guerra, lo leía en sus ojos escrutando mi gesto, mis reacciones a la vista, ante ese modelo de tanga de señora, casi decente con sus bordados ásperos, de cintura alta, y yo pensaba en la francesa, quería romper de una puta vez ese hilo que me unía a su cielo, intentaba empalmarme con Dios como testigo, salir por la puerta, descender a los infiernos, follar, follar, romper todos los hilos de su conexión a dentelladas, gritar hasta que oyesen en cielo, pese a los ronquidos de la gallega, que follar es buscar la tierra donde morir en paz, ajeno a los miedos, a las sombras, desnudo, sin nombre, sin sentirme culpable por empalmarme ante un altar, por mi polla que se orientaba hacia el cielo, como un hilo roto, quizá el único, que alguna vez me había unido a un cielo aquí…

- Dirección

…sueños, todo putos sueños…


caminaba en la oscuridad, reconociendo lo cotidiano, intentando desviar la mirada de la puerta de la francesita, sintiendo su presencia, el rastro del incienso que partía de mi habitación, obviando los ronquidos que querían marcar mi paso, me resistía, estaba cansado, muy confuso, hacía tiempo que tenía el Blues, nada me motivaba, necesitaba tirar la toalla, un curro en un balneario, perderme, perderla, sentir cómo laceraba en mi pecho la ausencia, volver a imaginarla como lo hacía en las horas de soledad, leyendo sus cartas corridas por unas lágrimas en las que deseaba creer, apresándome en la distancia, buscando en mi vacío una palabra ajena al sentido de la responsabilidad que me atenazaba, los ronquidos de la gallega, la seguridad del que se cree el camino, la oscuridad, siempre la oscuridad por donde fluyen los sonidos, los olores, las indecisiones ante un cruce de caminos, reinventándola a cada paso, engañando a mi instinto, otra vez, otra puta vez la misma mentira de siempre, no sé qué cojones hacía con ella, cuáles son los imperfectos mecanismos que te hacen creer que en una caída libre vuelas, ella era todo lo que yo odié, ella era de los que matan por conseguir un billete para hacer de la vida un viaje organizado, pero las circunstancias la habían llevado al terreno de la vida, la auténtica vida, en la que dibujas los mapas a cada paso, allí donde nada hay escrito, donde para sobrevivir tienes que fijarte en los detalles, imaginarlos, olvidarte de la visión en conjunto, panorámica, en la que nos envuelve esta sociedad de la imagen y las prisas, sentir que haces algo por ti mismo, perderte por las ciudades para conocerlas, traspasar el decorado, la puerta de la habitación de la francesa, desgarrar sus besos, comerme la ficticia línea que separa el paso hacia la verdad, no el que estaba dando, arrastrado por el canto de sirena, la gente se revuelve en sus asientos, llega un coche de la pasma, surge uno esposado, la sangre no cicatriza su mirada, la mirada del loco, el policía pisa tierra delante de mi cigarro, me mira, me eleva hacia el cielo, “puta luna llena de locos”, y me deja caer ante la puerta de mi habitación, un sonido suave, gregoriano o new age, una luz muerta por un foulard negro, velas oscuras que delimitan algo ante lo que se inclina, murmullos, cierro la puerta, se incorpora dándome la espalda, el oscilar de la luz amarillea aún más el camisón que lleva, el juego de las transparencias de su abuela, sí, adivinaba lo que era un tanga, tradición y modernidad, joder, mi pensamiento seguía el ritmo de las sombras en la pared, fantasmas que me observaban, imaginaba un camisón con un agujero para follar en paz cristiana, se dio la vuelta, sonrió como sonríe el que te va a matar, vi que había construido una especie de altar entre las velas, con cromos de Cristo y santos, joder, era demasiado, el olor de almizcle, la música que atonta, como atonta el rezo, la monotonía que te lleva al trance, donde pierdes toda capacidad de asombro, su mirada de iluminada, su boca que te pide que reces, las sombras que siguen oscilando, reza, es necesario, no tienes ni idea de dónde estás, insiste, y yo buscando la abertura del camisón, dónde puedes llegar a estar, reza, no, no puedo

-¡REZA!

- no, no…


… pero sí sé a donde llegué… A Urgencias…


la semana que viene sigo…